sábado, agosto 20, 2011

Una ciudad flotante (cap. 10 y 11)

Por Julio Verne


CAPÍTULO X

La vida a bordo se iba organizando, a pesar de los balan¬ces desordenados del buque. Para un anglosajón, un buque correo es su barrio, su calle, su casa que se mueve y está en su casa. El francés, al contrario, parece siempre que viaja cuando viaja.
La multitud, cuando lo permitía el tiempo, afluía a las an¬chas calles de la cubierta. Todos aquellos paseantes, que conservaban su verticalidad a pesar de los balanceos, pare-cían borrachos, a quienes su enfermedad comunicaba los mismos aires de marcha. Las pasajeras cuando no subían a cubierta permanecían en su salón particular o en el salón grande. Oíanse entonces las atronadoras armonías de los pianos; preciso es confesar que aquellos instrumentos, «bo¬rrascosos» como el mar, no hubieran permitido a un Listz ejercitar su talento. Los bajos faltaban cuando se inclinaba el buque a babor, y los tiples cuando a estribor, produciendo, en la melodía y la armonía, soluciones de continuidad de que no se apercibían aquellas orejas sajonas. Entre aquellos afi¬cionados me llamó la atención una mujer alta y flaca, que debía ser muy inteligente en música. Para poder tocar una pieza, había numerado convenientemente cada nota y cada tecla. Al leer la nota acotada con 27, tocaba la tecla 27, sin ocuparse del eco de los otros pianos, ni de los otros ruidos, ni de los chiquillos traviesos que golpeaban con el puño ce¬rrado sus octavas desocupadas.
Durante el concierto, los asistentes leían los libros despa¬rramados por las mesas. El que hallaba un pasaje interesan¬te, lo leía a gritos, y los circunstantes le saludaban agrade¬cidos con un lisonjero murmullo. Algunos diarios yacían sobre los escaños, diarios de esos ingleses o americanos, que parecen viejos aunque sus hojas no están cortadas. Es incó-moda operación la de desplegar aquellas sábanas de papel de algunos metros cuadrados. Pero siendo la moda no cortar, no se corta. Tuve un día la paciencia de leer de cabo a rabo y de esta manera el New York Herald, pero mi paciencia quedó al fin recompensada con la lectura de este anuncio: «M. Z. ruega a la linda M. X. a quien ayer encontró en el ómnibus de la calle 25, que pase mañana a visitarle, cuarto número 17 de la fonda de San Nicolás, para arreglar su ma¬trimonio.» ¿Qué haría la linda young X? No quiero saberlo.
Mirando y charlando, pasé aquella tarde en el salón. Ha¬biendo venido Pitferge a sentarse a mi lado, la conversación no podía dejar de ser interesante.
¿Estáis mejor, después de vuestra caída? le pregunté.
Perfectamente. Pero esto no anda bien.
¿Quién anda mal? ¿Vos?
No, el buque. Funcionan pésimamente las calderas de la hélice. No hay presión bastante.
¿Deseáis, pues, llegar a Nueva York?
¡De ninguna manera! Hablo como mecánico, ni más ni menos. Estoy en mi centro y sentiría mucho que se disolvie¬ra este grupo de tipos reunidos por la casualidad para diver-tirtne.
¡Tipos! exclamé mirando a los pasajeros que afluían al salón . Todas estas gentes son iguales.
¡Bah! dijo el doctor . No los conocéis. Convengo en que hay sólo una especie, pero ¡cuántas variedades tiene! Mirad aquel grupo de despreocupados, con las piernas ten¬didas sobre los divanes y el sombrero ladeado. Son yanquis, legítimos yanquis de los pequeños estados de Maine, de Vermont o del Connecticut, productos de Nueva Inglaterra, hombres de cabeza y de acción, algo demasiado crédulos con los reverendos, pero que estornudan sin volver la cara. ¡Ah! Son verdaderos sajones, naturalezas hechas para el lucro y por tanto muy hábiles. ¡Encerrad a dos yanquis en un cuarto, y al cabo de una hora, cada uno habrá ganado diez dólares al otro!
No os pregunto cómo dije soltando la carcajada . Pero decidme, ¿quién es aquel hombrecillo vestido con ga¬bán largo y pantalón corto, que se mueve como una verda¬dera veleta?
Un ministro protestante, un hombre considerable de Massachussets, que va a incorporarse a su mujer, institutriz muy conocida por cierta causa célebre.
¿Y aquel alto y fúnebre, que parece embebido en sus cálculos?
Calcula en efecto dijo el doctor . Calcula siempre y siempre.
¿Problemas?
No, su fortuna. Es un hombre considerable. Sabe en cada instante, cuánto posee, con error de menos de un cén¬timo. Todo un barrio de Nueva York le tiene por casero Hace un cuarto de hora tenía 1.625,367 dólares, pero ahora ya no tiene más que 1.625.366 dólares y cuarto.
¿ Por qué?
Porque acaba de fumar un cigarro, que no se lo die¬ron gratis.
Las salidas del doctor me hacían gracia. Le indiqué otro grupo, reunido en otro punto del salón.
Aquéllos me dijo son del Fart West. El más alto es el director del Banco de Chicago, hombre considerable. Lleva debajo del brazo un álbum con vistas de su querida ciudad. ¡Está orgulloso y hace bien en estarlo: es una gran ciudad, edificada en un desierto en 1836, que hoy contiene 400.000 almas contando la suya! A su lado se ve una pareja californiana. La mujer es guapa y delicada; el marido, fuer¬te y flaco, es un antiguo mozo de labranza, que cierto día supo labrar pepitas de oro. Es...
¿Considerable?
¡Vaya! ¡Ya lo creo! Su activo es de millones.
¿Y aquel que mueve la cabeza de arriba abajo, como un negro de reloj ?
Es el célebre Cokburu de Rochester, el estadístico uni¬versal, que todo lo ha pesado, medido, contado y valuado en guarismos. Interrogad a ese maniático inofensivo y os dirá cuánto pan ha engullido un hombre a los cincuenta años, cuántos metros cúbicos de aire ha respirado. Os dirá tam¬bién cuántos pliegos en folio llenarían las palabras de un abogado de Temple Bar; cuántos millas anda diariamente un cartero, solo para llevar cartas amorosas; cuántas viudas pa¬san al día por el puente de Londres; cuántos metros de al¬tura tendría una pirámide levantada por los bocadillos con¬sumidos anualmente por un ciudadano de la Unión; cuán¬tos...
El doctor, lanzado a toda vela, hubiera seguido por el mismo camino hasta sabe Dios cuándo, si no le hubieran distraído otros pasajeros que desfilaron por delante de nos¬otros. ¡Qué tipos tan diversos! Pero ni un desocupado; no se varía de continente sin motivo serio. La mayor parte iba a América a hacer fortuna, sin tener en cuenta que un yanqui a los veinte años ya ha adquirido su posición, y que a los veinticinco es demasiado viejo para entrar en lucha.
Entre aquellos aventureros, inventores y buscavidas, me enseñó el doctor algunos muy interesantes. Uno era un sabio químico, rival de Liebig, que sabía condensar todos los ele-mentos nutritivos de un buey en una pastilla de carne del tamaño de un peso duro y que iba a acuñar moneda con rumiantes de las Pampas. Otro corría a Nueva Inglaterra, a explotar un caballo de vapor que llevaba encerrado en una caja de reloj de bolsillo. Un francés de la calle de Chapon creía tener hecha su fortuna, pues llevaba 30.000 muñecas de cartón que decían papá con acento americano.
Además de estos originales, ¡cuántos otros cuyos secretos podían suponerse! Tal vez algún cajero llevaba su caja a tomar aires, y algún detective, amigo suyo durante el viaje, esperaba solo la llegada a Nueva York para echarle mano al pescuezo. Tal vez hubiera podido hallarse entre otros algún director de alguna de esas empresas que hallan siempre accionistas bobos, aunque la sociedad se titule: Compañia oceánica de alumbrado de gas de la Polinesia, o Sociedad general de carbones incombustibles.
Me distrajo en aquel momento una pareja joven, que pa¬recía profundamente aburrida.
Son peruanos me dijo el doctor , casados hace un año, y cuya luna de miel han paseado por todos los horizon¬tes del globo. Salieron de Lima en la noche de novios. Se adoraron en el Japón, se adoraron en Australia, se toleraron en Francia, riñeron en Inglaterra y se divorciarán en Amé¬rica.
¿Y aquel hombre alto, de fisonoma altanera, que acaba de entrar? Parece un oficial, con su bigotazo negro.
Es un mormón respondió Pitferge . Es mister Fla¬teh, gran predicador de la Ciudad de los Santos. ¡Hermoso tipo de hombre! ¡Qué mirada tan arrogante, qué fisonomía tan digna, qué modo de vestir tan diferente del modo de ves¬tir de un yanqui! Regresa de Alemania e Inglaterra, donde ha predicado, haciendo muchos prosélitos, pues el mormo nismo cuenta en Europa muchísimos adeptos, a los cuales permite conformarse a las leyes de sus países respectivos.
Yo creía que en Europa estaba prohibida la poligamia.
Sin duda, pero se puede ser mormón sin ser polígamo. Brigham Young tiene un harem porque así le conviene, como lo tiene más de un católico, pero no todos sus correligiona-rios le imitan a orillas del lago Salado.
¿Y mister Hateh?
Tiene una mujer, y le basta. Además, se propone expli¬carnos su doctrina una de estas noches.
Tendrá un lleno completo dije.
Sí respondió el doctor , si el juego no le quita los parroquianos. Anda por ahí un inglés de mala cara, que me parece el jefe de esta turba de tahúres que juegan en la cámara de proa. Es un canalla de la peor fama. ¿Habéis re¬parado en él?
Algunos pormenores que añadió el doctor me hicieron recordar al individuo que aquella mañana se había distingui¬do por sus apuestas. Mi diagnóstico no me había engañado. Dean Pitferge me dijo que se llamaba Harry Drake. Era hijo de un comerciante de Calcuta, un jugador, un camorrista, un perdido, un tronado, y probablemente iba a América a probar vida de aventuras.
Esos hombres encuentran en cualquier parte adulado¬res que les estimulan, y ése tiene ya aquí su círculo de pillos cuyo centro forma. Entre ellos está un hombrecillo chato, carirredondo, de labios gruesos y con gafas de oro, que se titula doctor y dice que va a Quebec, pero que estoy seguro de que es judío alemán, mestizo de burdeles; un charlatán de baja estofa y admirador de Drake.
Pitferge, que saltaba de tema en tema, me tocó en el codo, para hacerme reparar en un joven de 22 años que daba el brazo a una niña de 17.
¿Dos recién casados? pregunté el doctor.
No, son dos novios antiguos que sólo esperan llegar a Nueva York para casarse. Han dado la vuelta a Europa, con permiso de sus familias, y ya están convencidos de que han nacido el uno para el otro. ¡Guapos muchachos! Da gozo verlos asomados a la escotilla de la máquina, contando las vueltas de las ruedas, que no andan bastante de prisa para su gusto. ¡Ah! ¡Si nuestras calderas hubieran llegado al rojo blanco, como esos dos corazones, no nos faltaría pre¬sión!


CAPÍTULO XI

A las doce y media de aquella mañana, un timonel puso el letrero siguiente a la puerta del gran salón:

Lat. 510 15' N.
Long. 180 13' O.
Dist. Fastenet 323 millas.

Lo que indicaba que al mediodía estábamos a 323 mi¬llas del faro de Fastenet, el último que vimos en la costa de Irlanda, y 510 15' de latitud Norte y a 180 13' Oeste del meridiano de Greenwich. El capitán hacía así conocer todos los días la altura a que nos hallábamos. Copiando esta nota y señalando los puntos marcados por estas coordenadas en una carta, podía seguirse el derrotero del Great Eastern. El buque gigante sólo había corrido 323 millas en 36 horas; poca cosa, pues un paquebote que se estima en algo no debe correr menos de 300 millas en 24 horas.
Me separé del doctor y pasé con Fabián el resto del día. Nos habíamos refugiado en la popa: habíamos ido, según decía Pitferge, a «pasear al campo». Aislados y apoyados en la borda, contemplábamos el mar inmenso. Las olas exhalaban penetrantes perfumes que llegaban a nosotros. Los ra¬yos de luz refractados producían pequeños arco iris que bai-laban entre la espuma. La hélice hervía a cuarenta pies bajo nuestros ojos; cuando se sumergía, sus ramas agitaban con más furia las ondas, haciendo chispear su cobre. El mar pa¬recía una aglomeración de esmeraldas líquidas. La estela, que parecía de algodón en rama, se perdía de vista, confun¬diendo en una misma vía láctea los remolinos de las ruedas y los de la hélice. Aquella blancura, sobre la cual se distin¬guían perfiles más acentuados, parecía un encaje de punto de Inglaterra sobre fondo azul. Cuando volaban sobre ellas las blancas gaviotas, con sus alas de borde negro, su plu¬maje relucía, se abrillantaba con fugaces reflejos.
Fabián, silencioso, contemplaba la magia de las olas. ¿Qué veía en aquel líquido espejo, tan fácil de plegarse a todos los caprichos de nuestra imaginación? ¿Pasaba, ante sus ojos, alguna fugitiva imagen que le daba un adiós supremo? ¿Distinguía, entre aquellos torbellinos, alguna sombra que¬rida? Me pareció más triste que de costumbre, y no me atre-ví a preguntarle la causa de su tristeza.
Después de nuestra larga ausencia, a Fabián correspon¬día confiarse a mí, y a mí guardar sus confidencias. Me ha¬bía contado de su vida pasada lo que quería que yo conociera, su existencia de guarnición de la India, sus cacerías, sus aventuras, pero respecto a los sentimientos que oprimían su corazón acerca de la causa de los suspiros que elevaba su pecho, guardaba silencio. Sin duda, no siendo Fabián como los que desahogan su corazón refiriendo sus penas, debía sufrir más que ellos.
Permanecíamos, pues, asomados al mar, y cuando me volví observé las dos ruedas que se sumergían alternativa¬mente por efecto del balanceo.
De pronto Fabián me dijo:
¡Esa estela es verdaderamente magnífica! ¡Parece que se complacen en escribir letras! ¡Mirad cuánta l y cuánta e! ¿Me engaño acaso? ¡No! ¡No! ¡Son letras! ¡Y siempre las mismas!
La imaginación sobreexcitada de mi pobre amigo veía lo que quería ver. Pero, ¿qué significaban aquellas letras? ¿Qué recuerdo evocaban en su corazón?
Fabián, que había vuelto a ensimismarse, me dijo brusca¬mente:
¡Vámonos! ¡Ese abismo me atrae!
¿Qué tenéis, Fabián? le pregunté, estrechando sus dos manos . ¿Qué tenéis, querido amigo?
Tengo dijo apretándose el pecho , tengo un mal que será mi muerte.
¿Un mal? ¿Un mal incurable?
Sin esperanza.
Y sin decir más, Fabián bajó al salón y entró en su ca¬marote.