jueves, mayo 26, 2005

Que cosas sucede...

Villa Broma en los mapas figuraba como un pueblo, aunque muchos no lo consideraban más que un caserío. Tenía 1100 habitantes y dos de afuera. Casi todos eran parientes. Los de afuera un día llegaron, como en realidad se arreglaban con poco ya que vivían en la calle, les gusto y decidieron quedarse. La gente se acostumbro tanto a ellos, que formaban parte del paisaje.
Los acontecimientos importantes causaban el consabido revuelo en Villa Broma. La boda de Mary y Jose no iba a ser lo contrario, aunque no dependiera de ellos.
Después de casi 13 años de noviazgo al final decidieron llegar al altar. Debido al tiempo pasado, deseaban una boda tranquila, en la intimidad. Con lo que el destino les tenia preparado, otra cosa seria y ni ellos se lo imaginaban, eso si con la ayuda de los de afuera y algo más.
Cuando lo decidieron era tres meses antes de la vendimia. El pueblo entero vivía del vino. Se jactaban de tener unos de los mejores de la comarca. Toda fiesta terminaba con las cogorzas del siglo.
Aprovecharon estas fechas, para celebrar la boda. Como la gente estaría dedicada a la vendimia, la deseada intimidad estaría garantizada. Los preparativos comenzaron, eligiendo la iglesia que no sería otra que la ermita del santo como correspondía. Después de ponerse de acuerdo con el cura, en día y hora. José se dedico a llevar los datos a la imprenta del tío Pepe, como lo llamaban. Este llevaba más de 40 años con su trabajo. Realizándolo casi artesanalmente, le daba un toque de sofisticación, eso sí, era medio despistado.
Encargo 100 invitaciones en papel blanco y con letras negras. Algo sencillo, sin ostentación.
El pensaba que todo aquello estaba de más. Las grandes celebraciones no le gustaban. Hubiera preferido pasar por el Juzgado, con la ropa de todos los días, estampar su firma con un sí ante el Juez y listo. Pero sabía que Mary lo anhelaba. Había esperado muchos años. Primero la mili, después los estudios, y después no sabia muy bien que, pero también ese después se había llevado otros 4 años, hasta que decidió pedirle que se casara con él. Por todo eso se lo merecía, no sería él quien se lo arruinara, después de todo sería la madre de sus hijos.
Se dividieron los encargos entre los dos. A él le toco el convite y las invitaciones. A ella lo demás.
Los abuelos de José vivían en una casa grande, cien invitados cabrían sin problema, pensó. Luego de la imprenta se dirigió a hablar con ellos y proponerles festejarlo en el jardín. Por esas fechas estaría terminando el verano, y la abuela lo tendría lleno de flores y verdor. Se pasaba todo el año cuidándolo, cuando llegaba el calor daba gusto sentarse en la hierba al atardecer a tomar limonada y admirar el paisaje. Creía que no existía sitio mejor que el jardín de los abuelos para la boda.
Los ancianos no se pudieron negar a las sugerencias de su nieto mayor. Como lo harían, si no solo era su preferido, luego de pensar muchos años que no estarían ya aquí cuando se casaran, sentían una emoción enorme ante el acontecimiento tan cercano.
José, tenía todo casi resuelto, le faltaba el convite, y para eso se dirigió a ver a su tía Pepi. Era la hermana soltera de su madre, una experta cocinera, sabía que se ocuparía de todo con la mayor precisión desentendiéndose él totalmente del tema.
Su semana terminó. No paró ni un minuto. Su cuerpo lo sentía, se propuso relajarse. Para él que mejor que irse a pescar. El lunes sería otra cosa- pensó, cogió sus bártulos y desapareció por dos días.
La vida en el pueblo transcurría con la normalidad habitual, menos para José y Mary. En especial para José, que sus sentimientos crecían, cambiando del agobio a la felicidad con los días que transcurrían.
Tío Pepe, le dio una fecha para buscar las invitaciones y ese día a primera hora estuvo ahí. Primer problema, el despiste del tío Pepe se presento. En vez de 100 invitaciones hizo 1100. José pensó que haría, le sobrarían un montón y saldrían carícimas. Pero como siempre, Tío Pepe no lo vio así, le dio las cien que necesitaba y las otras se las quedo. Más tarde, las metió en la basura, pero como eran muchas no las rompió pues estaba apurado por cerrar, pues llegaba tarde a ver el fútbol. El reciclaba el papel, y estas fueron a para a un contenedor fuera de la imprenta para esos menesteres.
En ese momento, pasaba un tal Rodrigo, el bromista del pueblo. Era un tipo simpático, que se jactaba de que sus bodegas eran las mejores del pueblo. En eso quizás tenía razón pues era reconocido en todo el país. Pero gozaba haciendo bromas a todos los que podía.
Se asomo al contenedor. Al observarlo y ver lo que había se le encendió la cara de satisfacción al venirle un flash mental de lo que podía hacer con ellas.
Ni lerdo ni perezoso, las cogió sin no fijarse antes si estaba solo, llevándoselas a su casa para trazar el plan de lo que consideraba la broma de su vida.
Ya en casa, las contó, y eran mil. Para llevar a cabo lo que pretendía tendría que trazar un buen plan. Para no despertar sospechas necesitaba un cómplice que pasara inadvertido. Le dio muchas vueltas al asunto, hasta que pensó en los de afuera. No existía nadie mejor, como siempre estaban tirados en un banco de la plaza, durmiendo la mona, la gente ya ni se fijaban en ellos, eran como muebles dentro del recinto, y por unas pesetas para vino harían lo que fuera.
Cuando llego la noche, salió en su búsqueda, se llevo una botella de tinto para terminar de convencerlos por si ponían pegas. Le costo bastante, pero en cuanto descorchó el tintorro, ya no hubo más resistencia y accedieron por un módico honorario, una caja de su mejor tinto. A Rodrigo le pareció justo y accedió. Sellaron el trato con un brindis los tres. Y para los de afuera esto era como un pacto de sangre, irrompible. Quizás nunca en su vida tendrían otra oportunidad como esta de tomarse seis botellas de unos de los mejores vinos del país. A su vez, Rodrigo, cuando regresaba a su casa, se relamía de pensar lo que se iba a montar.
Los de afuera, conocían a casi todos en el pueblo, y podían deducir a quien no dejarle invitación pues los novios las habrían enviado, lo máximo que podría pasar era que alguien recibiera dos, y en ese caso pensarían que habría sido un error.
Al amparo de la oscuridad de las siguientes noches se dedicaron con ahínco a repartir por los buzones las invitaciones con todas las prisas que 6 botellas de vino fino podían alentar.
Luego de que varias veces casi los pillaran, terminaron con todas y se presentaron en la casa de Rodrigo a informarle de la tarea concluida y cobrar sus honorarios. Con ellas se fueron a su banco de la plaza, volviendo a ser dos muebles en el recinto pues la mona duraría varios días.
Si bien Rodrigo no podía contar a nadie lo que había hecho, su satisfacción iba en aumento. Pero si el pueblo se enteraba ésta no se la perdonarían. En su foro interno le bastaba con saberlo él solo, tenia que sentarse y esperar que los acontecimientos se desarrollaran solos, ya había puesto su granito de arena en el destino, ahora solo a observar y divertirse de lo lindo.
Los días calurosos del verano transcurrían serenamente hasta que llego la vendimia y con ella la boda.
Los distintos vecinos se pusieron de acuerdo con el alcalde de que ante la amabilidad de la pareja de querer compartir su día señalado con todos, cosa que nunca antes había ocurrido, adelantarían los festejes de la fiesta de fin de la vendimia para que coincidiera con la fecha de la boda, en honor a los novios, y así podrían festejarlo por todo lo alto.
José y Mary, no estaban al tanto de nada, pues en un pleno del Ayuntamiento, se llego al acuerdo de guardar silencio para darles una sorpresa, eso sí, solo irían al convite porque en la ermita no entraban todos, eso era algo muy familiar. Que detalle, pensó Rodrigo que no se perdía ni una de las reuniones que se realizaron a los efectos la comisión de fiestas que formó el alcalde.
La semana antes del día señalado, los novios recibieron montones de regalos y felicitaciones alucinando a colores. Pensaban que amable la gente del pueblo. Seguramente los querían mucho, porque aunque no los habían invitado, tenían una atención con ellos. En el fondo comenzaron a sentirse culpables de no haberlos hecho con más gente, pero no podían si querían mantener las cosas en la más estricta intimidad.
Tía Pepi, se dedico los últimos días al convite. Lo único que dejo para el final fue la tarta. Para sorpresa, el señor alcalde, se presento una tarde en su casa y le comunico que en honor a la parejita, el Ayuntamiento la encargaría a una pastelería de la capital especializada en ello.
Cuando se lo contó a José, esto fue demasiado para él, y comenzó a sospechar que algo sucedía, pero su tía le dijo que no se preocupara, que en el pueblo después de tantos años de espera se ponían contentos con su boda, y como los querían a todos en su familia mucho, era una manera de compartir con ellos sus felicidad. Las explicaciones no le convencieron mucho, pero se quedo más tranquilo, bastante tenía con los nervios al acercarse el día señalado. Quizás tuviera razón.
El pueblo comenzó con los preparativos para la fiesta, se engalanaron balcones con mantones, guirnaldas de flores, banderas de colores. La Vendimia era la fiesta más importante y si le sumaban lo que algunos ya llamaban la boda del año, los preparativos se hicieron con más dedicación que lo normal.
José según se acercaba el momento estaba más nervioso, que le habría podido pasar el mayor de sus deseos por su cara que le daría lo mismo, no se enteraría de nada.
Y el día llego. Todo estaba listo. La fiesta de la vendimia comenzaba a la mañana y la boda era a la tarde.,
Continuará...

2 comentarios:

Cross dijo...

Me está gustando mucho tu cuento, pero no puedes dejarme así...
Muy buenas tus historias. (Las que no son tuyas también)
Un saludo.

LuCeMoi dijo...

gracias :)
pronto la segunda parte...
saludos